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08-10-2010

Apuntes n°3: Razonando en torno a un enfoque semiológico de la ciudad

Asumiendo que, la ciudad, más allá de ser un espacio físico, constituye un espacio cultural y que el eje que define lo cultural descansa sobre cierto orden de significaciones que se artícula como sistema simbólico; en términos lógicos, el espacio urbano (en tanto espacio con sentido) se estructura un espacio cultural en especial en lo referido al modo como éste influencia, condiciona o determina acciones, conductas, situaciones y da lugar a formas de vida.

Desde esta base cobra basante sentido la idea que el urbanismo, la disciplina destinada a estudiar, planificar, organizar y diseñar racionalmente los espacios urbanas, tiende a tranformarse en práctica e ideología al mismo tiempo; entendiendo que "las ideologías son las representaciones mentales que forman la base de la cognición social, esto es del conocimiento y actitudes compartidas del grupo."(1) Al encontrarse en la base, las ideologías organizan las otras creencias sociales, como el sentido común y los imaginarios sociales. Así, los grupos que se situan en posiciones de poder, regulan no sólo las “creencias verdaderas” (el conocimiento) verificadas según algún criterio de verdad socialmente aceptado, sino especialmente el sistema de "creencias evaluativas" (actitudes) que los grupos comparten sobre ciertas cuestiones sociales.

Así dadas las cosas, el urbanismo, sea desde la trinchera del estudio de los fenómenos urbanos, como en la planificación concreta de proyectos de intervención urbana, da forma, sentido y validez social a una serie de discursos diversos, que se condensan en él. En este sentido, se hace necesario
un análisis semiológico de las ciudades, que vincule procesos de percepción, significación y representación, ya que a través de la ciudad cotidianamente se llevan a cabo una serie de "transcripciones" culturales y valorativas por parte de sus habitantes.

Por ejemplo, buena parte del éxito o el fracaso en la construcción de grandes proyectos urbanos (el Barrio Cívico de Concepción, Puerto Madero en Bueno Aires o el Guggenheim de Bilbao), está determinado por un proceso de interrelación, o cierta reciprocidad, entre el diseño (y construcción) y la apropiación espacial por parte de los habitantes y transeúntes. Quienes a fin de cuentas son quienes, por medio de la experiencia, le dan sentido a tales espacios, independiente de lo que se pretendía representar en el diseño de la obra.

Es decir, se procuden tensiones entre las funciones formales y simbólicas (ideológicas)de las obras, proyectos, intervenciones y políticas llevadas a cabo en las ciudades (es decir para lo que fueron elaboradas y lo que pretenden representar), y la apropiación material y simbólica que las personas hacen de ellas (es decir, las dinámicas sociales que se dan en o a partir de ellas). Este esquema simplificado, sirve no obstante, para mostar que el proceso de significación de un espacio urbano X, implica siempre un fenómeno dinámico, cambiante y contradictorio, cuyos sentidos constantemente se superponen.


Nota:
1.- Van Dijk, Teun A - compilador - (2001),
El discurso como interacción social II: Una introducción disciplinaria”, Gedisa, Barcelona.

15-08-2010

Apuntes n° 2: ¿Qué pasó con el fin de la territorialidad?


Por JcScG

Hacia fines de los años 90s, cuando se hacía alusión al explosivo crecimiento de las redes de comunicación y su impacto en todas las esferas de la vida social, era fácil caer en la tentación de pensar que se asistía al proceso de superación de la territorialidad. El fin de las jerarquías territoriales, que proponía, entre otros Baigorrí(1); el cual conllevaría a la reformulación de la espacialidad a partir de ciertas coordenadas culturales virtuales (cibercultura), que se extienden por todo el globo.

Esta visión se fundamentaba en el supuesto de que la configuración sociocultural contemporánea se caracterizaba por la presencia de una estructura no jerárquica (horizontal), carente de un centro fijo, flexible y adaptable, que podía ser concebida como un espacio “alternativo” (espacio virtual). Este “espacio” venía a transgredir la topología del mundo que nos acostumbramos a habitar, ofreciendo una espacialidad virtual, en la que los territorios conocidos quedarían abolidos. En este marco, el espacio no constituiría un “a priori”, como tradicionalmente se tendía a concebir, sino una imagen. Ni real, ni irreal, simplemente virtual(2).

Lógicamente la “realidad virtual”, como espacio nuevo donde se desarrollan las relaciones sociales y de intercambio (de bienes, servicios e información), es una entidad desterritorializada capaz de engendrar varias manifestaciones concretas, e incluso comunidades enteras, en distintos momentos y lugares, sin por ello estar ligada a un lugar o a un tiempo específico. Pues, “la universalización de la cibercultura propaga la co-presencia y la interacción de cualquier punto del espacio físico, social e informacional” (Levy, 2001) (3).

En este sentido, sería irrelevante si se vive en Montreal, Teherán o Budapest, para participar de una comunidad determinada o de las alternativas que ofrece esta otra dimensión de la realidad. Una dimensión resignificada y codificada de tal forma que todo parece poder estar disponible en cualquier parte todo el tiempo. Por lo cual resultaría imposible fijar la realidad en alguna coordenada espacio temporal concreta.

Ahí sería donde la territorialidad comenzaría a palidecer. Si no fuera porque que los contextos territoriales (y las condiciones materiales de vida) de cada comunidad o persona, no son sólo importantes para los excluidos por la “brecha digital(4), sino también para aquellos que estando integrados a las redes globalizadas de información, deambulan en la bi-dimensionalidad (entre lo material y lo virtual) de la realidad sin aparente conflicto.

Después de haber participado en un foro sobre historia usuarios de Latinoamérica, de haber visto en directo un partido de la Champions League jugado en Londres, de haber leído los titulares de la prensa de Estados Unidos, de haber realizado transacciones financieras en un Banco chileno, de relacionarse solo por Twitter o Facebook, de haber conversado con un familiar en España por Skype, de haber comprado un libro on-line en una librería de Turín y de haber vendido un sombrero por E-Bay a un comprador inglés; después de hacer todo eso sin salir de su departamento en Roma, una persona fácilmente puede sentirse afectada por el cierre de un supermercado en su barrio, por el derrumbe de un edificio que asociaba a su niñez, por el cambio de tráfico de una calle, por la huelga de los basueros o por la simple instalación de un letrero de no estacionar frente a su casa.

Pero no solo ello. La emergencia del calentamiento global como tema en la agenda pública, o del terrorismo como tema de preocupación mundial, le devolvieron al territorio en poco tiempo una centralidad que había ido perdiendo durante las últimas dos décadas. La recesión económica que siguió a la crisis financiera de 2008, no hizo sino confirmar esta tendencia, haciendo relucir una serie de problemas urbanos que en muchos lugares se creían desterrados o controlados, tales como altas tasas de desempleo, la marginalidad, la pobreza o la violencia urbana.

Es decir, independiente de cuan integrado se esté a las redes mundiales de información, de cuan globalizadas sea las ciudades contemporáneas y cuan homogénea la cultura que se consume en todo el mundo, hasta que no seamos capaces de suplir la dimensión cotidiana de la vida humana experimentada a través de los sentidos, el espacio físico siempre va a poseer una relevancia incuestionable.

Aún en un futuro escenario hipotético, donde de “ciudadanos” (5) pasemos a ciber-habitantes, encerrados en pequeñas burbujas individuales, donde “virtualmente” desarrollemos nuestra vida sin mayor contacto con la sociedad y el entorno material, basta una ordenanza municipal que determine la construcción de una autopista de alta velocidad frente a nuestro apartamento; que por la negligencia de sus autoridades se suspenda el suministro de electricidad, o de recolección de basura; que ocurra una catástrofe (terremoto o inundación); y de pronto la ciudad, esa ciudad específica y ninguna otra, o el “desconocido espacio que nos rodea”, adquirirá una existencia y una relevancia imprevistas.

Notas:
1Baigorrí, Artemio: “Hacia la urbe global: ¿El fin de las jerarquías territoriales?”, Universidad de Extremadura, ensayo presentado al XIV Congreso Mundial de Sociología de la ISA, RC07 Future Research Session, Montreal, Julio 1998
2Cuadra, Álvaro: “De la ciudad letrada a la ciudad virtual”, LOM Ediciones, Santiago, 2003.
3Levy, Pierre: “Cibercultura”, Editorial Dolmen, Santiago, 2001.
4Castells, Manuel: “La divisoria digital: una perspectiva global / Los retos de la sociedad red”, en La galaxia Internet, Plaza y Janés, Barcelona, 2001.
5En el sentido clásico de la palabra que lo define como un miembro de una comunidad política vinculada a un territorio particular.

Imágenes
1.- Extracto de "autopista de la información de alta velocidad", hecho por Truelight9

2.- New Orleans bajo los efectos del Huracán Katrina. 2005.
3.- Crisis de la recolección de basura en Palermo, Italia.