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06-05-2011

Urbanística, reflexiones sobre su carácter epistémico


por JcScG
A comienzos de la década de 1970 David Harvey escribía, que si bien se habían estudiado y examinados los fenómenos urbanos desde muchas perspectivas y puntos de vista, desarrollándose una vasta bibliografía al respecto, aún se buscaba en vano una teoría general que sistematizara los conocimientos que se poseen sobre la ciudad como entidad social, recogiendo el llamado efectuado por Louis Wirth en 1938, en su celebre trabajo Urbanism as a way of life (1) (Harvey 1985). A la luz de la evolución de la disciplina desde entonces, profundamente influida por la crisis de representatividad de las ciencias sociales, la emergencia de las corrientes posmodernistas y las actuales visiones neo-positivistas, la alusión de Harvey posee una vigencia inquietante, aún a casi 4 décadas de su formulación y a más de 70 años del llamado hecho por Wirth. Todo lo cual tiende a darle razón a la visión que plantea que después de la puesta en escena de la problemática urbana por parte de la Escuela de Chicago, la “sociólogía urbana” renunció a elaborar una teoría sobre la ciudad. (Clavel 2002)

Una de las paradojas del urbanismo moderno es que nace, como “movimiento intelectual” y a la vez como práctica profesional, para responder a los problemas causados por la explosiva urbanización experimentada a raíz de la Revolución Industrial (Hall, 1996). Del mismo modo que habían surgido otras disciplinas en el siglo XIX, como la sociología, para ofrecer respuestas a las profundas tansformaciones económicas, políticas y sociales que estaban experimentado las sociedades occidentales. Otra paradoja, no menor, es que la planificación urbana se vuelve imprescindible, luego de la crisis económica de 1873 (2), cuando la degradación de las principales ciudades industriales y portuarias, se hacía insostenible, y comienza a resultar evidente la necesidad de planificación tanto en la economía, como las ciudades (Sica 1978), pues tales situaciones obstaculizan, además, el desorrollo de las actividades económicas.

En este contexto, el urbanismo se fue nutriendo del fermento intectual de la época, en gran parte influenciado por una creciente sociología(3), la cual en su búsqueda de explicar las tranformaciones sociales producidas por la revolución industrial dio origen a una “sociología urbana” propiamente tal, hacia los años 20s. Sin embargo, a diferencia de los sociólogos, que intentaban “explicar” e “interpretar” con cierto grado de abstracción y objetividad la realidad social, lo cual les permitió generar una base teórica común, a los urbanistas se les asignó a su vez el rol práctico de “planificar” (4) el crecimiento de las ciudades, espacio en el cual confluían toda clase de perspectivas, desde la política a la ingeniería, tornando dificultoso generar algún tipo de base teórica compartida.

En este sentido, es posible entender el “urbanismo” sea como un “espacio de confluencia académica” o como una práctica social existente desde que se planifica la construcción y administración de ciudades, más que como una displicina científica en sí. Dicha “práctica” se habría nutrido, al menos, desde del siglo XIX de los aportes teóricos que provienen de diverso tipo de “estudios urbanos”(6), en los cuales convergen disciplinas tan diversas como la arquitectura, la sociología, la geografía, la ciencia política, la economía, el derecho o la antropología. A partir de entonces, tal y como se ha ido desarrollando hasta la fecha, dificilmente puede ser concebido como una disciplina ciéntifica en propiedad, pues no siendo de capaz de crear un campo de estudios propio y diferenciado, se pone en duda su propio carácter epistemólogico (Baigorri 1995).

No obstante, esta ausencia de un marco de referencia epistemológico propio, no significa una ausencia horizontes paradigmáticos(7), teorías e ideologías puestas en juego; muy por el contrario, implicaría una sobre abundacia de puntos de vistas y enfoques, muchas veces yuxtapuestos, y hasta contradictorios entre sí. Los cuales, lejos de ayudar a construir una base disciplinaria común, bien podrían haber acentuado la dificultad de crear teorías generales que explicasen los fenómenos urbanos (Harvey 1985); o bien, estarían en la base de cierta “mitología” del urbanismo como campo multidisciplinario, que estaría obstaculizando “la conceptualización en torno a unas Ciencias del Territorio, una de cuyas ramas” podría ser la urbanística (Baigorri 1995).


En el contexto de los estudios urbanos, el resultado no fue otro que la coexistencia visiones y paradigmas provenientes de tradiciones distintas, sin que existiese siempre claridad, sobre las fronteras o alcances de cada cual, llegando a confundirse muchas veces conceptos, o bien generándose malos entendidos, por la utilización no del todo pulcra de determinados enfoques teóricos, más por moda que por interés científico (8). Sin una adecuada decantación y comprensión de los “flujos” teóricos provenientes de las distintas vertientes de esta convergencia de enfoques académicos, en vez de urbanistas en sentido estricto, se estaría en presencia de sociologos urbanos, economistas de la ciudad, de derecho urbanístico, de arquitectos diseñadores de planos reguladores e ingenieros constructores de obras públicas. (Baigorri 1995)

Si seguimos el razonamiento de Jane Jacobs (9), quien consideraba ya a comienzos de los '60's a la ciudad como un “ecosistema”, sería justamente lafalta de una adecuada consideración por la complejidad, derivada de la confluencia de multiples variables interrelacionadas, el “talón de Aquiles” de la práctica urbanistica. Pues lo que se hizo evidente con la “crisis” de la modernidad industrial en los años 60's y 70's, es que los planificadores urbanos habrían intentado, por décadas, imponer ordenamientos artificiales, sin considerar la dinamicidad orgánica, intrínseca a las ciudades y las sociedades que las habitan. (Sparberg, 2006)

De acuerdo a la tesis de Peter Hall según la cual “mientras la academia iba por un lado, el mundo iba por otro”, compartida por buena parte de la comunidad académica, al menos desde los años 50s, se estaría asistiendo a una fractura paradojal entre la teoría urbana y la práctica urbanística, pues se produce justo en el momento en que comenzaba a adquirir un “cuerpo teórico puro” más formal y abstracto y la planificación urbana se habría institucionalizado. De hecho, según Hall, la institucionalización burocrática del “urbanista” habría contribuído a generar esta fractura, pues habría hecho perder la virtual independencia de la política de la cual habría gozado con anterioridad. Sin embargo, siendo considerada la planificación un instrumento de modernización dese sus orígenes, no resulta del todo claro que alguna vez haya existido tal independencia, lo cual puede implicar más una convergencia de fines que una ausencia de ingerencia política (Mazza 1993). En la medida que dichos fines entran seriamente en conflicto, ya a comienzos de los años 60s, las críticas provenientes de la academia ponen en duda la legitimidad misma del “urbanismo” como discplina ciéntifica.

Notas:
1.- Véase Louis Wirth (1938), Urbanism as a way of life, in American Journal of Sociology, n° 44, Chicago.pp.1-24.
2.-En 1873 la economía mundial enfrentó una grave crisis económica, que derivó en una depresión que duro al menos 2 décadas. La crisis fue gatillada por la sobreproducción en los sectores textil y siderúrgico, la cual derivó en un incremento de la migración campo ciudad agudizando las precarias condicies sociales en los barrios populares, coincidió con la gran oleada migratoria hacia Estados Unidos y Sudamérica y sirvió como impulso para el “nuevo imperialismo” que derivó en el reparto de África, ante la necesidad de abrir “mercados” para invertir los excedentes acumulados y obtener de ellos mayores fuentes materias primas.
3.-Emile Durkheim, Max Weber, Georg Simmel, entre otros, desarrollaron buena parte de sus reflexiones teóricas en el estudio del cambio social evidenciado en las ciudades occidentales.
4.-Por ejemplo, en 1884 en el Reino Unido se crea una “Comisión Real” para enfrentar el problema de la insalubridad de los barrios pobres de Londrés y del resto del país, con la participación del Principe de galés, futuro monarca británico. (Hall, 1996)
5.- En la University of Stanford, por ejemplo, existe una licenciatura en “urban studies”, concebida como un programa interdisciplinario que combina diversos enfoques académicos con experiencias concretas en el “mundo real”, como forma de enfrentar el estudio de las ciudades contemporáneas.
6.-En el sentido propuesto en 1962 por Thomas S. Kuhn en The structure of scientific revolutions, University of Chicago Press, Chicago.
7.- Tal como ocurre, por ejemplo, con el concepto de “no lugar” propuesto desde la filosofía, por Augè, como construcción conceptual cercana a la categoría de tipo ideal weberiano, en el sentido de constituir el extremo de una “polaridad falsa”, inexistente en la realidad concreta, cuyo valor radica en su carácter analítico; el cual sin embargo ha sucumbido a utilizaciones empiristas, que han terminado por vulgarizarlo.
8.- Ver Jane Jacobs (1961), The death and life of great American cities, Vintage Books, Chicago.

Fotografías:
1.- Taranto, restos de una antigua granja productora de aceite de oliva, con la siderúrgica ILVA de fondo. (JcScG, 2011)
2.- Weimar, sobreposición de urbanización nazi y edificio de época socialista. (JcScG, 2010)
3.- Barcelona, Plaza de Toros convertida en Centro Comercial. (JcScG, 2008)
4.- Amsterdam, antigua zona portuaria, containers convertidos en departamentos para estudiantes. (JcScG, 2011)

Bibliografía:
Baigorri, Artemio (1995). Del urbanismo multidisciplinario a la urbanística transdiciplinaria: Una perspectiva sociológica. In: Ciudad y Territorio / Estudios Territoriales, n° 104, pp. 315 – 328.
Clavel, Maite (2002), Sociologie de l'urbain, Antrophos, Paris.
Hall, Peter (1996), Las ciudades del mañana. Historia del urbanismo en el siglo XX, Ediciones del Serbal, Barcelona.

Harvey, David (1985), Urbanismo y desigualdad social, Siglo XXI Editores, Madrid.
Mazza, Luigi (1993), Attivista e gentiluomo?, in Archivio di studi urbani e regionali, n° 48, Franco Angeli, Milán.

Sica, Paolo (1978), Storia dell'Urbanistica”, Editori Laterza, Roma-Bari.

Sparberg Alexiou, Alice (2006), Jane Jacobs: urban visionary, Rutgers University Press, Piscataway, NJ.
Susser, Ida – a cura di – (2001), La sociología urbana de Manuel Castells, Alianza Editorial, Madrid.


27-11-2010

Apuntes: sobre el origen del Urbanismo en America Latina

por JcScG


El comienzo de la industrialización latinoamericana, aunque tardía, se inició tímidamente en la segunda mitad del siglo XIX con la introducción del ferrocarril (1). El cual fue recibido con gran entusiasmo por sectores políticos y círculos empresariales como símbolo de civilización y modernidad (2). Dicho evento representaba simbólicamente el nacimiento de una nueva, que coincidía con la importación de nuevas maquinarias para la producción y adelantos tecnológicos, de Europa y Estados Unidos, tales como: la iluminación pública, la electricidad, el telégrafo, el teléfono, el daguerrotipo (y posteriormente la fotografía), y con el tiempo el automóvil. Todo lo cual, pasó a conformar las bases sobres las cuales se construyó el imaginario urbano moderno, que iba a impulsar el Estado como forma de alimentar la posibilidad del desarrollo, a partir de la necesidad de un sentimiento homogéneo de identidad nacional.

Paralelamente, el mejoramiento en la infraestructura portuaria, facilitó una mayor explotación de los recursos naturales y un aumento en los niveles de intercambio, que junto con el nacimiento de entidades financieras, promovieron el rápido crecimiento de las ciudades comerciales, de cierto modo cosmopolizándolas con la llegada de capitales, bienes, servicios, profesionales e inversionistas de otras partes del globo, junto a las oleadas de inmigrantes extranjeros y nacionales de origen rural, trasformando a ciudades como Valparaíso, Río de Janeiro o Buenos Aires en importantes centros económicos, creciendo explosivamente en pocos años(3). Con el tiempo esta tendencia derivó en 3 fenómenos:

a) Una sobrecarga de la estructura productiva y de servicios de la ciudad, mostrándose incapaz de absorber tal magnitud de inmigración. El consiguiente deterioro de las condiciones urbanas, gatilló, por un lado, la aparición de conventillos y de construcciones “provisorias” hechas de desechos o cualquier material en sitios eriazos o en los márgenes de la ciudad , y por otro, la huida de la población de mayores recursos a zonas cada vez más alejadas del centro (4).

b) Una creciente “urbanización de las formas de vida”. En contraposición con las costumbres del mundo rural, deficitario y arcaico, la ciudad se ofrecía como agente de modernización y como polo de desarrollo. Aquel sitio donde se encuentran las oportunidades para “progresar”, lo cual repercutía aún más en el aumento de la migración campo ciudad, y en la progresiva urbanización del campo.

c) Una vez que la expansión economía alcanzó cierto grado de desarrollo, a comienzos del siglo XX surgió el Urbanismo como disciplina en América Latina, para responder al sin número de problemas sociales que generó la explosión demográfica (salubridad pública, hacinamiento, carencia de servicios básicos, saturación de vías de tránsito, inseguridad ciudadana, etc.).

En las primeras dos décadas del siglo XX, el urbanismo definido como un proyecto que debe tomar la ciudad entera como sitio de intervención se hallaba ya difundida en Argentina y Brasil, apareciendo con mayor retraso en Chile. Superando la noción introducida con anterioridad, según la cual había que transformar la imagen urbana colonial de las capitales sudamericanas en ciudades modernas y europeas, siguiendo el ejemplo de la París del Barón Haussmann o de la remodelación de Cerdà en Barcelona. Pasó bastante tiempo antes de que la preocupación por el diseño urbano y hermoseamiento de las ciudades, diera lugar a organismos, instituciones y políticas de planificación urbana.

La naciente planificación urbana demandaba profesionales especializados e intelectuales, así como de disciplinas asociadas, que permitiesen su desarrollo, institucionalizándose a tal grado que ya en los años 30 se impartía como cátedra en universidades de Argentina y Brasil. El surgimiento del urbanismo moderno, como disciplina, fue acompañado por la difusión de una nueva racionalidad, que en términos estilísticos fue llamada “modernismo”, e incluía aspectos tan variados como el fordismo (en lo productivo) o el racionalismo técnico, alcanzando una gran hegemonía dentro del urbanismo, al menos hasta la crisis social, económica y cultural de los años 60's.

Imágenes:
1.- Ilustración del puente Ferroviario del río Bio-Bío (Ceoncepción) en 1889.
2.- Conventillo en Valparaíso. Fuente: María Zimena Urbina, "Los conventillos de Valparaíso, 1880-1920: Percepción de barrios y viviendas", Revista de Urbanismo n° 5, 2002. Universidad de Chile.
3.- Buenos Aires hacia mediados del siglo XIX, antes de su modernización.

Notas:
1.- El 25 de diciembre de 1851 se puso en servicio la primera locomotora a vapor en Chile, uniendo la ciudad de Copiapó con el puerto de Caldera (81 km), para trasladar el material extraído de los yacimientos de plata, permitiendo el crecimiento de Caldera de los 200 habitantes que tenía en 1850 a 2.000, cuatro años más tarde. Contemporáneamente, en Perú el 5 de abril de 1851 entraba en servicio un ferrocarril que unía Lima con el puerto del Callao (13 km), mientras que un año antes hacía lo propio el ferrocarril de Georgetown a Maharcana en la Guyana inglesa. Alliende, María Piedad (1993): “Historia del Ferrocarril en Chile”, Goethe Institut / Pehuen Editores, Santiago, 1993
2.- Ilustran bastante bien esta visión, las palabras del Presidente de Chile, Federico Errázuriz Zañartu, dichas en 1873: “La locomotora va a resolver en breve tiempo el problema de tres siglos, manifestando prácticamente a los bárbaros pobladores de aquellos ricos e inmensos territorios, el poder y las ventajas de la civilización” . Ref. Alliende, María Piedad: op cit. p. 63.
3.- Buenos Aires vio incrementada su población en medio millón de habitantes entre 1890 y 1906, (de 520.000 a 1.063.000), y hacia 1.928 ya contaba con 2.230.000 habitantes; en el mismo periodo la población Río de Janeiro, creció de 523.000 a 811.000 habitantes (y tenía 1.158.000 en 1920)
4.- Outtes, Joel: “Disciplinando la sociedad a través de la ciudad. El origen del urbanismo en Argentina y Brasil (1894 – 1945)”, en EURE, vol. 28, nº 83, pp. 7-29, Santiago, mayo 2002.

19-11-2010

Teoría: Origen del urbanismo

por JcScG


No es posible comprender las ciudades contemporáneas, sin hacer referencia a las profundas transformaciones económicas que han experimentado las sociedades humanas desde la revolución industrial en adelante. En el mundo anglosajón la planificación urbana y el urbanismo como disciplina, nacen como respuesta a los graves problemas sociales y urbanos de las ciudades portuarias e industriales, justo después de la Gran Depresión de 1873-1890. Hecho no casual, considerando que tal como es posible hacer una correlación entre los grandes cambios económicos ocurridos en el mundo y los procesos de transformación (física y social) de las ciudades, también es posible relacionarlos con las transformaciones en los modos de “gobernar” tales cambios. Los cuales podrían ser agrupados en tres grandes momentos de la historia.

Un primer momento, que bien podría ser denominado como “post liberal” o de “reformismo social”, iría desde el nacimiento de la disciplina hasta la crisis de 1929, intenta responder a las señas inequívocas de la crisis del liberalismo económico, exigiendo cada vez una mayor intervención de parte del Estado, para enfrentar los desiquilibrios sociales y los efectos del deterioro de las ciudades, que comenzaban a obstaculizar el crecimiento económico. En este periodo, en el cual se masifica la idea de que el “interés público” debe ser perseguido por el Estado, se institucionaliza la planificación urbana, emergiendo respuestas como la “ciudad jardín”, la “higiene social”, la “zonificación” o la “surburbanización”, entre muchas otras; cimentándose de paso las bases teóricas del urbanismo.

Un segundo momento, “planificador” o “desarrollista”, corresponde al período que va desde la crisis de 1929 hasta la crisis del fordismo en los años 60s y 70s, el cual se caracteriza por la fuerte presencia del Estado en la planificación de la economía y la sociedad. Si bien, a nivel teórico puede concebirse como la continuación natural de las preocupaciones que dieron nacimiento a la disciplina, en este periodo se desprende de las perspectivas demasiado liberales e individualistas, encontrando en la Gran Depresión de los años 30s la justificación necesaria para “corregir” las inequidades del libre mercado por medio de la acción estatal. Durante este período, fuertemente influenciado por las ideas de Keynes(1), se sientan las bases de un nuevo sistema monetario mundial fundado en un mayor proteccionismo, se promueven políticas de desarrollo e industrialización impulsadas por el Estado y se desarrolla la disciplina urbanística como una herramienta fundamental en este proceso.


Sin embargo, la crisis económica de fines de los años 60s y comienzos de los 70s(2), que derivó en una progresiva desindustrialización de las ciudades europeas y norteamericanas, puso en entredicho en todo el mundo los modelos de planificación de corte keynesiano. Dando pie a un tercer momento, que bien podría denominarse “pos-moderno”, dada la emergencia de una pluralidad de enfoques y la yuxtaposición de disciplinas, en un horizonte donde todo parece gozar del mismo status de legitimidad; o bien “neo-liberal”, dada la naturaleza de las nuevas políticas económicas(3) que están a la base de las nuevas políticas urbanas. Independiente de que las respuestas sean “reformistas” o "conservadoras”, en este periodo se tiende a reciclar buena parte de los constructos teóricos, dispositivos técnicos e instrumentos anteriores. Una de las características de esta fase es que el vínculo entre las transformaciones en los estados (que pierden relevancia), en la economía (que se desvincula del territorio) y en la sociedad (que se “globaliza”), debilita el modelo de organización en base a estados-nacionales, abríendo nuevas posibilidades para dimensiones infra-nacionales.

Notas:
1. Ver, John Maynard Keynes (1936), “The General Theory of Employment, Interest, and Money”, Macmillan, Cambridge University Press.
2. Normalmente identificada con la caída de los valores bursátiles de 1969, el fin de los acuerdos Bretton-Wood en 1971 y la crisis del precio del petróleo de 1973.

3. Cuyos ejes centrales son la desregulación, la privatización, la flexibilización del mercado del trabajo y la descentralización espacial.

Imágenes:

1. "The Strike" (1886), Robert Koehler.
2. Refinería de Petróleo ENI de Gela (Sicilia), construida como parte de las políticas de desarrollo promovidas por el Estado, de inspiración keynesiana, en Italia.
3. Población en Ciudad del Cabo, Sud África. Foto de Theo Scheffle
r.

Referencias:

Bairoch, Paul (1996), Cinq millénaire de croissance urbane, en I Sachs - compilador -, Quelles villes, pour quel développement?, Puf, Parigi. pp.17-60.

Benevolo, Leonardo (1996), “La città nella storia d'Europa”, Laterza, Roma-Bari.

Hall, Peter (1996), Las ciudades del mañana. Historia del urbanismo en el siglo XX, Ed. del Serbal, Barcelona.

Le Galès, Patrik (2006), Le città europee. Società urbane, globalizzazione, governo locale, Il Mulino, Bologna.

Plaisant, Alessandro (2009), La partecipazione nel governo delle trasformazioni del territorio. Strumenti innovativi per costruire la città dei diritti, Franco Angeli, Milán.

Swyngedouw, Eirk; Moulaert, Frank & Rodríguez, Arantxa (2002), Neoliberal urbanization in Europe: Large-Scale Urban Development Projects and the New Urban Policy, en Neil Brenner & Neil Theodor, Spaces of neoliberalism: urban restructuring in North America and Western Europe, Blackwell, Oxford. pp.195-229.
Véron, Jacques (2008), L'urbanizzazione del mondo, Il Mulino, Bologna.
Vicari Haddock, Serena (2004), La città contemporanea, Il Mulino, Bologna.

08-10-2010

Apuntes n°3: Razonando en torno a un enfoque semiológico de la ciudad

Asumiendo que, la ciudad, más allá de ser un espacio físico, constituye un espacio cultural y que el eje que define lo cultural descansa sobre cierto orden de significaciones que se artícula como sistema simbólico; en términos lógicos, el espacio urbano (en tanto espacio con sentido) se estructura un espacio cultural en especial en lo referido al modo como éste influencia, condiciona o determina acciones, conductas, situaciones y da lugar a formas de vida.

Desde esta base cobra basante sentido la idea que el urbanismo, la disciplina destinada a estudiar, planificar, organizar y diseñar racionalmente los espacios urbanas, tiende a tranformarse en práctica e ideología al mismo tiempo; entendiendo que "las ideologías son las representaciones mentales que forman la base de la cognición social, esto es del conocimiento y actitudes compartidas del grupo."(1) Al encontrarse en la base, las ideologías organizan las otras creencias sociales, como el sentido común y los imaginarios sociales. Así, los grupos que se situan en posiciones de poder, regulan no sólo las “creencias verdaderas” (el conocimiento) verificadas según algún criterio de verdad socialmente aceptado, sino especialmente el sistema de "creencias evaluativas" (actitudes) que los grupos comparten sobre ciertas cuestiones sociales.

Así dadas las cosas, el urbanismo, sea desde la trinchera del estudio de los fenómenos urbanos, como en la planificación concreta de proyectos de intervención urbana, da forma, sentido y validez social a una serie de discursos diversos, que se condensan en él. En este sentido, se hace necesario
un análisis semiológico de las ciudades, que vincule procesos de percepción, significación y representación, ya que a través de la ciudad cotidianamente se llevan a cabo una serie de "transcripciones" culturales y valorativas por parte de sus habitantes.

Por ejemplo, buena parte del éxito o el fracaso en la construcción de grandes proyectos urbanos (el Barrio Cívico de Concepción, Puerto Madero en Bueno Aires o el Guggenheim de Bilbao), está determinado por un proceso de interrelación, o cierta reciprocidad, entre el diseño (y construcción) y la apropiación espacial por parte de los habitantes y transeúntes. Quienes a fin de cuentas son quienes, por medio de la experiencia, le dan sentido a tales espacios, independiente de lo que se pretendía representar en el diseño de la obra.

Es decir, se procuden tensiones entre las funciones formales y simbólicas (ideológicas)de las obras, proyectos, intervenciones y políticas llevadas a cabo en las ciudades (es decir para lo que fueron elaboradas y lo que pretenden representar), y la apropiación material y simbólica que las personas hacen de ellas (es decir, las dinámicas sociales que se dan en o a partir de ellas). Este esquema simplificado, sirve no obstante, para mostar que el proceso de significación de un espacio urbano X, implica siempre un fenómeno dinámico, cambiante y contradictorio, cuyos sentidos constantemente se superponen.


Nota:
1.- Van Dijk, Teun A - compilador - (2001),
“El discurso como interacción social II: Una introducción disciplinaria”, Gedisa, Barcelona.

15-08-2010

Apuntes n° 2: ¿Qué pasó con el fin de la territorialidad?


Por JcScG

Hacia fines de los años 90s, cuando se hacía alusión al explosivo crecimiento de las redes de comunicación y su impacto en todas las esferas de la vida social, era fácil caer en la tentación de pensar que se asistía al proceso de superación de la territorialidad. El fin de las jerarquías territoriales, que proponía, entre otros Baigorrí(1); el cual conllevaría a la reformulación de la espacialidad a partir de ciertas coordenadas culturales virtuales (cibercultura), que se extienden por todo el globo.

Esta visión se fundamentaba en el supuesto de que la configuración sociocultural contemporánea se caracterizaba por la presencia de una estructura no jerárquica (horizontal), carente de un centro fijo, flexible y adaptable, que podía ser concebida como un espacio “alternativo” (espacio virtual). Este “espacio” venía a transgredir la topología del mundo que nos acostumbramos a habitar, ofreciendo una espacialidad virtual, en la que los territorios conocidos quedarían abolidos. En este marco, el espacio no constituiría un “a priori”, como tradicionalmente se tendía a concebir, sino una imagen. Ni real, ni irreal, simplemente virtual(2).

Lógicamente la “realidad virtual”, como espacio nuevo donde se desarrollan las relaciones sociales y de intercambio (de bienes, servicios e información), es una entidad desterritorializada capaz de engendrar varias manifestaciones concretas, e incluso comunidades enteras, en distintos momentos y lugares, sin por ello estar ligada a un lugar o a un tiempo específico. Pues, “la universalización de la cibercultura propaga la co-presencia y la interacción de cualquier punto del espacio físico, social e informacional” (Levy, 2001) (3).

En este sentido, sería irrelevante si se vive en Montreal, Teherán o Budapest, para participar de una comunidad determinada o de las alternativas que ofrece esta otra dimensión de la realidad. Una dimensión resignificada y codificada de tal forma que todo parece poder estar disponible en cualquier parte todo el tiempo. Por lo cual resultaría imposible fijar la realidad en alguna coordenada espacio temporal concreta.

Ahí sería donde la territorialidad comenzaría a palidecer. Si no fuera porque que los contextos territoriales (y las condiciones materiales de vida) de cada comunidad o persona, no son sólo importantes para los excluidos por la “brecha digital”(4), sino también para aquellos que estando integrados a las redes globalizadas de información, deambulan en la bi-dimensionalidad (entre lo material y lo virtual) de la realidad sin aparente conflicto.

Después de haber participado en un foro sobre historia usuarios de Latinoamérica, de haber visto en directo un partido de la Champions League jugado en Londres, de haber leído los titulares de la prensa de Estados Unidos, de haber realizado transacciones financieras en un Banco chileno, de relacionarse solo por Twitter o Facebook, de haber conversado con un familiar en España por Skype, de haber comprado un libro on-line en una librería de Turín y de haber vendido un sombrero por E-Bay a un comprador inglés; después de hacer todo eso sin salir de su departamento en Roma, una persona fácilmente puede sentirse afectada por el cierre de un supermercado en su barrio, por el derrumbe de un edificio que asociaba a su niñez, por el cambio de tráfico de una calle, por la huelga de los basueros o por la simple instalación de un letrero de no estacionar frente a su casa.

Pero no solo ello. La emergencia del calentamiento global como tema en la agenda pública, o del terrorismo como tema de preocupación mundial, le devolvieron al territorio en poco tiempo una centralidad que había ido perdiendo durante las últimas dos décadas. La recesión económica que siguió a la crisis financiera de 2008, no hizo sino confirmar esta tendencia, haciendo relucir una serie de problemas urbanos que en muchos lugares se creían desterrados o controlados, tales como altas tasas de desempleo, la marginalidad, la pobreza o la violencia urbana.

Es decir, independiente de cuan integrado se esté a las redes mundiales de información, de cuan globalizadas sea las ciudades contemporáneas y cuan homogénea la cultura que se consume en todo el mundo, hasta que no seamos capaces de suplir la dimensión cotidiana de la vida humana experimentada a través de los sentidos, el espacio físico siempre va a poseer una relevancia incuestionable.

Aún en un futuro escenario hipotético, donde de “ciudadanos” (5) pasemos a ciber-habitantes, encerrados en pequeñas burbujas individuales, donde “virtualmente” desarrollemos nuestra vida sin mayor contacto con la sociedad y el entorno material, basta una ordenanza municipal que determine la construcción de una autopista de alta velocidad frente a nuestro apartamento; que por la negligencia de sus autoridades se suspenda el suministro de electricidad, o de recolección de basura; que ocurra una catástrofe (terremoto o inundación); y de pronto la ciudad, esa ciudad específica y ninguna otra, o el “desconocido espacio que nos rodea”, adquirirá una existencia y una relevancia imprevistas.

Notas:
1Baigorrí, Artemio: “Hacia la urbe global: ¿El fin de las jerarquías territoriales?”, Universidad de Extremadura, ensayo presentado al XIV Congreso Mundial de Sociología de la ISA, RC07 Future Research Session, Montreal, Julio 1998
2Cuadra, Álvaro: “De la ciudad letrada a la ciudad virtual”, LOM Ediciones, Santiago, 2003.
3Levy, Pierre: “Cibercultura”, Editorial Dolmen, Santiago, 2001.
4Castells, Manuel: “La divisoria digital: una perspectiva global / Los retos de la sociedad red”, en La galaxia Internet, Plaza y Janés, Barcelona, 2001.
5En el sentido clásico de la palabra que lo define como un miembro de una comunidad política vinculada a un territorio particular.

Imágenes
1.- Extracto de "autopista de la información de alta velocidad", hecho por Truelight9

2.- New Orleans bajo los efectos del Huracán Katrina. 2005.
3.- Crisis de la recolección de basura en Palermo, Italia.

02-08-2010

Apuntes n°1 (sobre la naturaleza de la ciudad)

Por JcScG
La naturaleza de las ciudades

Se tiende a pensar a las ciudades contemporáneas como si fuesen el medio ambiente natural de las sociedades modernas, fruto de la evolución cultural de los seres humanos. Es decir, como un continuo inevitable y espontáneo. Según ciertos teóricos de principios del siglo XX, la ciudad constituía "el hábitat del hombre civilizado", el cual básicamente representaría un "área cultural", un espacio fruto de la naturaleza humana que permitiría el desarrollo de la sociedad y la "civilización" del ser humano, en palabras de Robert Park.

Sin embargo, los últimos 40 años han mostrado que si bien existe una fuerte relación entre las transformaciones económicas, las políticas que influencian y los efectos territoriales que generan, permitiendo vincular los ciclos económicos a algunas de las grandes transformaciones sufridas por las ciudades desde el siglo XIX, esta relación no es de tipo evolutivo. Muy por el contrario, dichos vínculos no son lineales ni mecánicos, sino asincrónicos y sus resultados muchas veces contradictorios e involutivos.

Desde una visión "mecanicista", en tanto metáfora de la evolución cultural1, la ciudad tendía a representar lo moderno, el sitio donde se desarrollaba la vanguardia de la humanidad, se implementaban los adelantos tecnológicos y donde las sociedades podían modelarse así mismas2 . Sin embargo, desde los años 60s, a raíz del agotamiento de los modelos de planificación keyneasiana, en especial con la crisis de las ciudades industriales, el optimismo de estas visiones fue dando lugar a posiciones "anti urbanas" en el mundo desarrollado. Posiciones que fueron progresivamente "contaminando" el débate con respecto a las ciudades en América Latina, al hacerse evidentes los efectos de la "crisis urbana" en la mayor parte de las capitales y metrópolis latinoamericanas en los años 80s.

Así dadas las cosas, no cabe más posibilidad que concebir históricamente la ciudad como un hecho artificial, surgido en un momento determinado, de acuerdo a ciertas condiciones que la hicieron posible y necesaria; y no como un indicador de evolución cultural. De hecho, su desarrollo histórico, social y morfológico, responde a situaciones históricas específicas, a contextos económicos determinados y no representa, necesariamente, la “naturaleza” de la evolución cultural de la sociedad.

2010

Notas:

1 De acuerdo a la visión desarrollada por Spengler a comienzos del siglo XX, la ciudad es un producto cultural que a su vez posee una cultura propia, en palabras suyas: ''lo que la casa es para el campesino, la ciudad lo es para el hombre civilizado” (Spengler, 1998)

2 Señalaba Robert Park, que mientras las ciudades antiguas eran en primer lugar una fortaleza, un refugio en tiempo de guerra; las ciudades modernas, al contrario, son en primer lugar centros comerciales y deben su existencia al mercado en torno al cual surgieron.


Imagen:

Pintura de Tullio Crali (1939) “Incuneandosi nell’abitato (In tuffo sulla città)"


Referencias:

Park, Robert E. ed alt. (1999), “La città”, Edizioni di comunità, Turín

Spengler, Oswald, (1998), “La decadencia de Occidente: Bosquejo de una morfología de la historia

universal”, Espasa Calpe, Madrid.